15 ago. 2012

Pura

De algún modo la necesidad se presentaba en mi. Escribir, llenar espacios en el blanco de la pantalla, espacios que me parecían perfectos para prostituir con ese algo que brotaba de mis dedos. Me pasaba tardes escribiendo cosas sin sentido, o con algún sentido ínfimo para mi. Digo ínfimo, porque ya no las recuerdo. Ya no hay mucho que recuerde. Le escribía a mi propia nada, al agujero hueco de mi existencia, al filo de la espada de utilería que intentaba martirizarme, les escribí a los platónicos deseos de mi inconciente, a los llanos bosques de emociones tatuadas, a las cargas, a las descargas, a lo predecible, a mis fantasmas. Escribía entonces para sentirme, como cuando salgo sin paraguas, como cuando una lagrima se desparrama por mi labio superior salándolo y me regala esa sensación excitante. Ningún texto fue para alguien más que para mi. Tal vez, porque siempre supe que nadie iba a leerlos como yo, ni a percibir siquiera ese suspiro que recorre mi espalda cada vez que una yema se coge a una tecla. Escribir es mi acto más egoísta, no importa quién revuelva, quién analice, quién relea, quién me juzgue o quién corrija. Nadie conoce el frenesí que embebe mi cuerpo cuando lo hago y siento que palabra me inmortaliza.

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